Sin rastros

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Nunca, la historia criminal de Entre Ríos  pudo develar aquel misterio, que envuelve a toda una familia y que según cuentan algunos, está rodeada de venganzas, amenazas y deudas.      
José Rubén Gill de 56 años, era el peón de la estancia “La Candelaria”, ubicada en Crucecita Séptima, vivía con su mujer Norma Margarita Gallegos quien cocinaba en la escuela de la zona y era 26 años más joven que él y sus cuatro hijos, Osvaldo José de 9, María Ofelia de 12 años,  Sofía Margarita, de 6 y Carlos Daniel, de 4.  Toda la familia se borro
o fue borrada del mapa un 13 de enero del 2002, cuando fueron vistos por última vez en el velorio de un vecino.  Al desaparecer, dejaron toda la casa intacta, con ropa, comida y hasta sueldos sin cobrar.  ¿Pero que le sucedió a la familia Gill?  Según las primeras hipótesis, se trato de un “ida”, para dejar todo atrás y comenzar de nuevo, ya que en la Estancia, el propietario Goette, tenía mal  “Mencho” como así el decían a José Gill, estaba cansado, el sueldo no le alcanzaba, no tenia obra social ni para él ni para sus hijos, se mataba trabajando, lo tenía  amenazado con sus documentos, lo cuales le quito cuando entro a trabajar a  La Candelaria  años atrás, y que además le adeudaba sueldos, los cuales le iba dando por partes cada tanto.
En esta ida, hubo quienes dijeron que los vieron en auto, un Chevrolet Súper azul y que posiblemente se fueron a países limítrofes en búsqueda de trabajo, pero esta teoría fue descartada inmediatamente porque,  los Gill no tenían auto, se manejaban en remis, y tampoco tenían el dinero para comprarlo, ni para viajar a ningún lado. Sus parientes, se enteraron tres meses después de su desaparición, pero solo dos de ellos se preocuparon por buscarlos y por dar a conocer un caso, que se dormía tanto en el campo, como en los libros de la justicia. Luisa Gill, hermana de José, es una de las dos personas que actualmente sigue buscando a la familia.  Ella fue la primera en apuntar a Alfonso Goette, dueño del establecimiento rural, y al cual acusa por el asesinato de la familia.
Siempre se planteo porque, Alfonso mando a “quemar los colchones”.
A los dos meses de  la desaparición, en la casa donde habitaban, se ubico a un  hombre, el “viejito”  Comas, que además de peón era el cuidador de las pertenencias y de la casa, según este hombre ya fallecido, un día el dueño de la estancia le ordeno quemar los colchones antes del rastrillaje de la Policía, porque tenían “mal olor por las cucarachas”,  comentario al cual respondió, “no es olor de cucarachas, sino de sangre podrida”; argumento que jamás la justicia entrerriana tomo en cuenta.
Hasta la denuncia se complico. Cuando su hermana fue a denunciar la desaparición, en la comisaría de Viale, no le tomaron la denuncia porque Goette, no le mandaba los documentos para poder establecer una búsqueda de paradero.  La misma recién fue tomada en Nogoyá  y quedo a cargo del juez de instrucción  Jorge Sebastián Gallino  quien solo ordeno un  rastrillaje policial a los dieciocho meses del hecho y siempre se mostro desorientado.
A la hora de la actuación policial, se llevo hasta perros, para rastrear   todo el campo, donde se encontraron indicios, pero nada concreto, lo único concreto fue el asado que Goette le hizo a todo el personal policial que fue desplazado a la estancia, quizás para distraer o para que los perros no trabajaran por el humo, que dificulto la búsqueda.  Se levantaron pisos, se tomaron muestras de la tierra, se encontró tanto sangre como insectos de naturaleza cadavérica, pero nunca se demostró nada para inculpar a nadie.        
 Tantos años de lucha, pausas y falta de interés de la Justicia, solo sirvieron para que las pocas pruebas que quedan, se desvanezcan y para que finalmente el 30 de junio de 2009 se terminara la búsqueda.
Nunca nadie encontró nada, nunca se supo de la familia, que luego de estar 8 años desaparecida, figuraba en los padrones de beneficiarios de la Asignación Universal. Hasta el  día de hoy, seis integrantes de una humilde familia siguen perdidos.

Gianfranco Hernández
Para Zona B.

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